viernes, 30 de marzo de 2012

Meditación del Viernes de Dolores

Los dolores de la Santísima Virgen y las aflicciones de nuestra vida

El Discípulo: ¡Maestro adorabilísimo! Vos, en vuestra cruz, y la dulcísima Virgen María, vuestra Madre, al pie de la cruz, formáis para los que peregrinamos por este valle de lágrimas, un símbolo de dolor resignado, ennoblecido y divinizado; ... una esperanza para todos los que gemimos y lloramos; un gran consuelo para los que no tenemos otro patrimonio que la tribulación..., yo no sé, Jesús mío, qué sería de la humanidad sin el Calvario, sin ese cuadro sangriento en el que, Vos y vuestra Madre, sois las víctimas inocentes ofrecidas en sacrificio al Dios de la justicia, ... habrá quedado, sin duda, sumergida en las horrorosas tinieblas de la ignorancia y la maldad; ... se habría inquietado hasta la desesperación; ... porque, ¿quién puede vivir tranquilo si el Dios de la justicia no ha aplacado sus enojos causados por el pecado?

Deseo, buen Maestro, que os dignéis darme en este día algunas instrucciones acerca de los dolores de vuestra amorosa Madre y de la constancia con que los sufrió, para confortarme en mis penas.

El Maestro.- Bien sabes, hijo mío, que la participación de mi Madre Inmaculada en la tremenda tragedia del Calvario, quedó consignada en la inolvidable frase del evangelista Juan: Estaba junto a la cruz de Jesús, María su Madre; ... una Madre que presencia el sacrificio de su Hijo; ... una Madre Virgen, delicada, purísima, que asistía a la agonía dolorosa del Hijo amado de su corazón, del que era su tesoro, su providencia, su felicidad, su todo; ... una Madre, la más hermosa y fuerte entre todas las madres de la tierra, que contemplaba en el suplicio al Hijo más hermoso entre todos los hijos de los hombres, el cual, siendo verdadero Dios, no juzgó bajeza el vivir sometido durante su vida mortal, a la voluntad de la humilde Doncella de Nazareth...

Ya podrás imaginar su dolor...

Medita en lo que de Ella dicen, en expresión de la Iglesia, las Santas Escrituras:

¿A quién te compararé, oh Virgen, hija de Jerusalén? ¿A quién te asemejaré?

Grande es como el mar tu desventura...

Mirad, mirad si hay dolor semejante al de esa mujer? Buscaba quien la consolara y no halló... No la llaméis Noemí, es decir, la hermosa, sino llamadla Mara, esto es, la mujer amargada, porque de amarguras la colmó el Omnipotente!... (Lament. Jer. II 13-I-12-I-17 .- Ruth I-20)

Acércate, hijo mío, acércate a mi Santa Madre y entra hasta su generoso corazón, para que te dé a conocer la grandeza de sus dolores, y aprendas en esa escuela de resignación y de paciencia, a sufrir con santa conformidad todas las penas de tu vida...

Mira cuanto sufrió.-

Era la criatura llena de gracia; no debía, pues, faltarle la del martirio... Y en efecto, padeció tanto y tan intensamente, que nada son los tormentos de todos los mártires, si se les compara con los de mi amorosísima Madre en el Calvario. Los mártires han sufrido en el cuerpo, más mi Madre en el alma...

Aquellos sufrían terribles tormentos, pero iban a unirse a su Cristo... Mi santa Madre padecía incomparablemente más y la separaban de Él...

¡Oh!, sufrió tanto, tan inmensamente, que "hasta cierto punto, dice San Buenaventura, la oveja sufrió más que el Cordero, ... lo que éste padecía en su cuerpo, aquella lo padecía en su corazón." Los clavos, las espinas y demás instrumentos con que atormentaron a tu Maestro y Redentor en su carne mortal, atravesaron el corazón inmaculado de tu Madre, conforme lo había profetizado el noble anciano Simeón: Una espada traspasará tu alma... Fue la espada de la crucifixión...

Sólo la plenitud de gracias de que la colmó el Espíritu Santo pudo hacerla resistir...

Apenas un ligero clamor resignado se escapaba, de vez en cuando, de sus labios: Hágase en mí según tu Palabra... ; (Luc. I-38), clamor que ha cruzado los siglos y que hoy llega hasta ti para decirte que aprendas a estar junto a la cruz, bajo el peso del dolor, sin inquietudes, sin desesperaciones, considerando que es mi Padre quien desde el cielo te ofrece el sufrimiento como una prueba de amora y de bondad, y no como castigo impuesto por su justicia.

Mira por qué sufrió.-

Veía con sus propios ojos y escuchaba con sus mismos oídos cuanto hacían y decían de su divino Hijo, los verdugos crueles y despiadados: la infamia de la crucifixión, las blasfemias y las imprecaciones infernales de un pueblo enfurecido... , y luego las amargas quejas de su Hijo amantísimo..., el abandono, la sed,... Agar se alejó para no ver morir a su hijo Ismael. Sólo Respha, que contempló la crucifixión de dos de sus hijos, cuyos cadáveres cuidó de día y de noche para que no los devoraran ni las aves ni las fieras, hasta que se aplacó el Señor, es figura de la santa Virgen que presenció la dolorosísima muerte de su Hijo-Dios.

Así has de amar tu, hijo mío, a tu Cristo, como me amó mi augusta Madre, como lo han amado sus santos, con todo el corazón, sufriendo por Él cuanto Él ha sufrido por ti, sintiendo en tu propio corazón, como lo sintió mi amorosa Madre, el eco de sus penas y de todas sus aflicciones... Si sabes sufrir con tu Cristo, estarás con Él en el paraíso; ... si sabes padecer con tu Redentor, con Él reinarás eternamente.

Coloquio

¡Dulcísima Madre mía de los Dolores! ¡Cómo os agradezco las lágrimas, las aflicciones y las amarguras que sufristeís junto a la cruz de mi Redentor para contribuir a mi salvación...¡Cuántos ejemplos de fortaleza y resignación me habéis dejado, amorosa Madre mía! Dios quiera darme, por vuestra poderosa mediación la gracia de imitarlos...

Dame a conocer íntimamente la grandeza de vuestro Cristo adorable para resolverme a sufrir con Él y por Él; ... hacedme partícipe, Madre mía, de vuestro heroísmos para poder decir a vuestro Padre, en medio de mis grandes tribulaciones:

He aquí, Señor, a tu siervo; hágase en mí según tu palabra...

Propósito

Pasaré mi vida pensando todos los días en el Calvario; ahí veré con los ojos del espíritu a mi Jesús clavado en su cruz, y a mi santísima Madre, sufrida y resignada, al pie de la cruz, dándome lecciones de paciencia y de conformidad con la Voluntad divina..

La Virgen santa de los Dolores será mi esperanza y mi consuelo, mi aliento y mi fortaleza en tantas desventuras...

miércoles, 28 de marzo de 2012

El infierno existe lo quieras o no


"Algunos piensan que por no creer en el infierno son más libres. Pero no es así. Lo que son es más inconscientes. Cerrar los ojos ante la verdad no enriquece al hombre, lo empobrece. La prudencia no está en ignorar un riesgo, sino en estudiarlo y prevenirlo. Cerrar los ojos ante un riesgo es señal de inconsciencia. " (3.8)

"Tenemos alma inmortal. Nos guste o no nos guste. Esto es una verdad indudable. Y además, dogma de fe. Y el que no lo crea, se va a enterar, porque se va a morir. Negar que tenemos alma es como el que niega que tiene hígado porque no lo ve o no lo siente. Somos como somos, independientemente de cómo quisiéramos ser.

Dentro de mil millones de años estaremos todavía vivos: felices en el cielo, o sufriendo en el infierno; pero vivos. Y vivos para siempre. Y para siempre felices, o para siempre sufriendo. Y esta felicidad o este tormento, depende de los años de vida en este mundo. Por otra parte, ante la afirmación de Cristo-Dios, de que el hombre sigue vivo más allá de la muerte, es lógico y prudente tener esto en cuenta.

Si voy por la carretera y me encuentro un letrero que dice «Carretera cortada después de la curva: puente hundido», lo lógico es frenar. Tomar esa curva a toda velocidad es suicida. Quien vive en esta vida sin preocuparse de la otra es un loco. Lo lógico, lo racional, lo inteligente, es vivir aquí pensando en lo que ciertamente ha de venir después de la muerte.

Nos preocupamos mucho de nuestro futuro inmediato: seguro de accidentes, de enfermedad, de vejez. Y nos olvidamos de nuestro futuro definitivo: la vida eterna. La póliza de este seguro son las buenas obras.

Nos preocupamos de mantener la salud, la buena presencia física, el capital, etc. Por conservar o mejorar todo esto hacemos esfuerzos, sacrificios y gastamos dinero. ¿Y abandonamos la salvación del alma? Si la perdemos, lo hemos perdido todo y para siempre. Si la salvamos, nos hemos salvado para siempre.

La preocupación por nuestra salvación nos impedirá vivir en pecado mortal, pues una muerte repentina nos llevaría a una condenación eterna. Son frecuentísimas las muertes repentinas: accidentes, enfermedades inesperadas y fulminantes, etc.

¿Quién dormiría tranquilo con una víbora en su cama? Muchos habrá en el infierno que dejaron su conversión para después, y ese después no llegó nunca porque ellos murieron antes. Jesucristo nos lo avisa repetidas veces en el Evangelio: «No sabéis el día ni la hora»1.

Y nos lo jugamos todo a una sola carta, pues sólo se muere una vez. No hay segunda oportunidad. Y todo a cara y cruz. No hay término medio entre salvarse y condenarse. O cielo o infierno. Y esto para toda la eternidad.
El equivocado en el momento de morir, jamás podrá rectificar su yerro". (10.10)

"Esta vida es el camino para la eternidad. Y la eternidad, para nosotros, será el cielo o el infierno. Sigue el camino del cielo el que vive en gracia de Dios. Sigue el camino del infierno el que vive en pecado mortal. Si queremos ir al cielo, debemos seguir el camino del cielo. Querer ir al cielo y seguir el camino del infierno, es una necedad." (42.1)

"Antes de pecar, el demonio dijo a nuestros primeros padres que si pecaban serían como dioses. Ellos pecaron y se dieron cuenta del engaño del demonio. Con esto el demonio logró lo que pretendía: derribar a Adán de su estado de privilegio.

El demonio es el «padre de la mentira» . Eva fue seducida por él. El que peca se entrega al espíritu de la mentira. En la medida que somos pecadores somos «mentirosos» , pues el pecado es el abandono de la verdad, que es Dios, por la mentira.

El demonio también nos engaña a nosotros en las tentaciones presentándonos el pecado muy atractivo, y luego siempre quedamos desilusionados, con el alma vacía y con ganas de más. Porque el pecado nunca sacia. Pero el demonio logra lo suyo: encadenarnos al infierno. El demonio nos tienta induciéndonos al mal, porque nos tiene envidia , porque podemos alcanzar el cielo que él perdió por su culpa .
Todas las tentaciones del demonio se pueden vencer con la ayuda de Dios. (43.3)

"Hay, además otros pecados llamados pecados de omisión: «los pecados cometidos por los que no hicieron ningún mal..., más que el mal de no atreverse a hacer el bien, que estaba a su alcance»2 . Jesucristo condena al infierno a los que dejaron de hacer el bien: «Lo que con éstos no hicisteis»3 . A veces hay obligación de hacer el bien, y el no hacerlo es pecado de omisión. " (56.4)

"Los efectos del pecado mortal son: perder la amistad con Dios, matar la vida sobrenatural del alma, y condenarnos al infierno, si morimos con ese pecado "(59).

"EL QUE PECA MORTALMENTE Y MUERE SIN ARREPENTIRSE DE SUS PECADOS MORTALES SE VA AL INFIERNO.(98)

«Vive siempre como quien ha de morir», pues es certísimo que, antes o después, todos moriremos. En la puerta de entrada al cementerio de El Puerto de Santa María se lee: Hodie mihi, cras tibi que significa: «Hoy me ha tocado a mí, mañana te tocará a ti».

Esto es evidente. Aunque no sabemos cómo, ni cuándo, ni dónde; pero quien se equivoca en este trance no podrá rectificar en toda la eternidad. Por eso tiene tanta importancia el morir en gracia de Dios. Y como la vida, así será la muerte: vida mala, muerte mala; vida buena, muerte buena. Aunque a veces se dan conversiones a última hora, éstas son pocas; y no siempre ofrecen garantías. Lo normal es que cada cual muera conforme ha vivido."(98.1)

"EL INFIERNO ES EL TORMENTO ETERNO DE LOS QUE MUEREN SIN ARREPENTIRSE DE SUS PECADOS MORTALES" (99)

99,1. "El infierno es el conjunto de todos los males sin mezcla de bien alguno. La existencia del infierno eterno es dogma de fe. Está definido en el Concilio lV de Letrán1 .

«Siguiendo las enseñanzas de Cristo, la Iglesia advierte a los fieles de la triste y lamentable realidad de la muerte eterna, llamada también infierno»

«Dios quiere que todos los hombres se salven» Pero el hombre puede decir «no» al plan salvador de Dios, y elegir el infierno viviendo de espaldas a Él. El pecado es obra del hombre, y el infierno es fruto del pecado.

El infierno es la consecuencia de que un pecador ha muerto sin pedir perdón de sus pecados. Lo mismo que el suspenso de una asignatura es la consecuencia de que el estudiante no sabe. Jesucristo habla en el Evangelio quince veces del infierno, y catorce veces dice que en el infierno hay fuego.

Y en el Nuevo Testamento se dice veintitrés veces que hay fuego. Aunque este fuego es de características distintas del de la Tierra, pues atormenta los espíritus6 , Jesucristo no ha encontrado otra palabra que exprese mejor ese tormento del infierno, y por eso la repite.

La Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe dijo, el 17 de mayo de 1979, que «aunque la palabra “fuego” es sólo una “imagen”, debe ser tratada con todo respeto» . En el infierno hay otro tormento que «es el más terrible de todas las penas del infierno». Según San Juan Crisóstomo, es mil veces peor que el fuego.

San Agustín dice que no conocemos un tormento que se le pueda comparar Los teólogos lo llaman «pena de daño». Es una angustia terrible, una especie de desesperación suprema que tortura al condenado, al ver que por su culpa perdió el cielo, no gozará de Dios y se ha condenado para siempre. Ahora, como no entendemos bien ni el cielo ni el infierno, no comprendemos esta pena, pero entonces veremos todo su horror.

La Biblia pone en boca del condenado un grito terrible: «Me he equivocado»

Como el que va volando sobre el Atlántico en un «Jumbo» 747, y al ver en la pantalla la ruta del viaje, se da cuenta de que se ha equivocado de avión, pues su deseo es ir a Australia. Y en el viaje a la eternidad no es posible rectificar: no hay retorno. … Si un condenado, después de haber probado el infierno, pudiera volver a la Tierra para hacer méritos y así librarse del infierno, ¿qué haría? ¿Cómo atesoraría méritos? Pues nosotros podemos todavía hacerlo, sin haber probado el infierno" (99.1)


" «El infierno es la negación del amor y el fracaso de nuestra libertad»

El infierno es la condenación eterna. Es el fracaso definitivo del hombre. «Aquel que, con plena conciencia de lo que hace, rechaza la palabra de Cristo y la salvación que le ofrece; o quien , luego de aceptarla, se comporta obstinadamente en contra de su ley; o aquel que vive en oposición con su conciencia: éstos tales no llegarán a su destino de bienaventuranza y quedarán, por desgracia suya, alejados de Dios para siempre».

A algunos, que no han estudiado a fondo la Religión, les parece que siendo Dios misericordioso no va a mandarnos a un castigo eterno. Sin embargo, que el infierno es eterno es dogma de fe .
Pero hemos de tener en cuenta que Dios no nos manda al infierno ; somos nosotros los que libremente lo elegimos. Él ve con pena que nosotros le rechazamos a Él por el pecado; pero nos ha hecho libres y no quiere privarnos de la libertad que es consecuencia de la inteligencia que nos ha dado.

Por el pecado he renunciado a Dios y he elegido a Satanás. Dice San Juan que el que peca se hace hijo del diablo10. Dios lo acepta con pena, pero me respeta. Como los padres apenados por el hijo que se ha ido de casa.

Jesucristo nos enseñó clarísimamente la gran misericordia de Dios. Pero también nos dice que el infierno es eterno.

Cristo afirmó la existencia de una pena eterna: «... DONDE EL GUSANO NO MUERE Y EL FUEGO NO SE APAGA»
«Dirá a los de la izquierda: apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo» Y después añade que los malos «irán al suplicio eterno y los justos a la vida eterna»

«Es preciso subrayar que la verdad más veces enunciada en el mensaje moral del Nuevo Testamento es la existencia de un “castigo eterno” para quienes no obran correctamente. (...) Negar que la conducta humana merece “premio” o “castigo” no sólo se opone a la fe, sino que es carecer de un mínimo de rigor intelectual en la lectura e interpretación del Nuevo Testamento».

El infierno eterno es una pena tremenda. Pero hay que caer en la cuenta que es para ofensas graves y deliberadas (no con atenuantes) al SER SUPREMO = DIOS. Es dogma de fe que existe un infierno eterno para los pecadores que mueran sin arrepentirse. Aunque Dios es misericordioso, también es justo.

Dice la Sagrada Escritura: «Tan grande como ha sido mi misericordia, será también mi justicia». Y su misericordia no puede oponerse a su justicia. Aunque la justicia de Dios no es inexorable, sino que está dulcificada por su misericordia, y siempre inclinada a tener en cuenta todos los atenuantes.

Como Dios es misericordioso, perdona siempre al que se arrepiente de su pecado; pero como es justo, no puede perdonar al que no se arrepiente. «Dios no nos perdona si no estamos arrepentidos».

La justicia exige reparación del orden violado. Por lo tanto, el que libre y voluntariamente pecó y muere sin arrepentirse de su pecado, merece un castigo. Y este castigo ha de durar mientras no se repare la falta por el arrepentimiento; pues las faltas morales no se pueden reparar sin arrepentimiento. Sería una monstruosidad perdonar al que no quiere arrepentirse. Dice Santo Tomás que Dios no puede perdonar al pecador sin que éste se arrepienta previamente.

El mismo Jesucristo pone el arrepentimiento como condición previa al perdón. Ahora bien, como la muerte pone fin a la vida, el arrepentimiento se hace ya imposible, porque después de la muerte ya no habrá posibilidad de arrepentirse.

Después de la muerte no se puede rectificar. La muerte fija irrevocablemente a las almas.

Después de la muerte no se puede merecer nada: con la muerte se acaba el tiempo de merecer. «La muerte aparece como punto final del estado durante el cual el hombre puede hacer opciones en las que se abra o cierre a Dios». La falta del pecador que murió sin arrepentirse queda irreparada para siempre, luego para siempre ha de durar también el castigo.

En el infierno no es posible el arrepentimiento, lo mismo que en el cielo no es posible pecar . Los bienaventurados del cielo se sienten tan atraídos por el amor de Dios, que el atractivo del pecado les deja indiferentes . «El hombre que disfruta de la visión del Creador, ya no puede dejarse arrastrar por un bien creado».

Dios es infinitamente justo y no puede quedar indiferente ante las maldades que se hacen en este mundo. ¿Cómo van a estar lo mismo en la otra vida, el asesino, el ladrón, el egoísta y el vicioso, que el honrado y caritativo con todo el mundo? Evidentemente tiene que haber un castigo para tanta injusticia, tanto crimen y tanta maldad como queda en este mundo sin castigo.

El temor al infierno no es el mejor motivo para servir a Dios. Es mucho mejor servirle por amor, como a un Padre nuestro que es. Pero somos tan miserables que a veces no nos bastará el amor de Dios, y conviene que tengamos en cuenta el castigo eterno, porque es una realidad.

Cristo nos lo avisa para que nos libremos de él. Se oye decir de labios irresponsables: «Hoy a la juventud no le interesa la religión del miedo o de las seguridades». Depende: tener miedo a cosas irreales es de idiotas; pero cerrar los ojos a los peligros reales es de imbéciles. Lo mismo: buscar seguridades ficticias es de idiotas; pero despreciar seguridades reales y preferir inseguridades, es de imbéciles.

«La doctrina sobre el infierno podríamos sintetizarla así:
a) El Nuevo Testamento afirma que el destino de los justos y el destino de los impíos, en el estado escatológico, son diversos.
b) El elemento más característico del estado escatológico de los justos es “estar con Cristo”. De modo paralelo, la nota más esencial del estado escatológico que corresponde al impío es el rechazo del Señor.
c) La situación de condenación se describe como un estado de sufrimiento.
d) Se insiste en la eternidad del sufrimiento del condenado» .

El concepto de eternidad se opone al concepto de tiempo, que supone un antes y un después. La eternidad supone una duración ilimitada, una permanencia interminable.

Una imagen que puede ayudar a entender la eternidad es un reloj pintado a las nueve en punto. Por mucho que esperemos, nunca señalará las nueve y cinco.

La idea de que al final todos se salvan por aquello de San Pablo «Dios quiere que todos los hombres se salven» , requiere explicación. Hay que distinguir entre el deseo de Dios y su decisión absoluta.
El verbo utilizado aquí por San Pablo no implica eficacia absoluta, sino una voluntad que respeta la libertad de los hombres ." (99.2)

Fuente: (La numeración del) Libro Para Salvarte. Autor: Padre Jorge Loring SJ.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Por qué no hay que desanimarse ni desalentarse a la vista de nuestras faltas 1-3


1. Suceda lo que suceda: no desanimarse jamás.

Un hombre que estaba haciendo Ejercicios espirituales bajo la dirección de un santo Padre Jesuíta. A mitad del retiro llamaron al Padre a una reunión en Roma. Lo iban a elegir Superior General. El sabio sacerdote antes de alejarse de aquella casa de Ejercicios, le dejó al ejercitante esta única consigna: "Mi último y más importante consejo es este: suceda lo que suceda, no se desanime ni se desaliente jamás." Este debería ser como un lema para nuestros combates: todo lo demás me podrá suceder, menos el desanimarse y dejar de luchar.

La hormiga de Tamerlán

Tamerlán fue un famoso guerrero del año 1400, que empezó perdiendo muchas batallas. Un día estaba ya para dejar de luchar más, cuando vió que por una pared arriba subía una hormiguita. Con su espada la derribó hacia el suelo. La hormiga dio unas vueltas por el piso y empezó a subir otra vez pared arriba. Tamerlán la volvió a derribar y la hormiga comenzó a subir otra vez. Y así diez y quince veces. Ante esta insistencia tan ejemplar, el guerrero se dijo para sí: "¿Y por qué no insistir una vez más como esta hormiga? Y mandó dar el toque de batalla y empezar de nuevo la lucha y consiguió la victoria y llegó a tener un de los imperios más grandes del mundo. Lo que lo salvó fue no desanimarse, no dejar de luchar aunque se hayan perdido mil batallas. Para ganar la guerra lo importante no es haber sufrido derrotas sino perseverar luchando con valor hasta lograr vencer al enemigo.

Los dos enemigos mortales, según el Crisóstomo

El mejor orador de los primeros siglos, San Juan Crisóstomo, decía: "Dos enemigos mortales tiene nuestra santificación: el orgullo si no hemos caído, y la desesperación si ya caímos". Pero esta última es la más peligrosa.

San Pablo anunció: "si no perdemos la esperanza, conseguiremos la salvación" (Rom. 8,24) Aún despues de nuestras más vergonzosas caídas tenemos que acercarnos a Jesús con la confianza con la que se le acercaban las multitudes de pecadores, de pobres y enfermos en Galilea.

Razones para evitar la desesperación

La principal razón para confiar en Jesús, aún siendo nosotros tan pecadores, es que Él es nuestro Mediador ante el Padre Dios. Él es el más cercano a nosotros , pobres pecadores, y el más cercano a Dios, Justicia infinita.
Como Hijo obtiene del Padre Celestial todo lo que pida para nosotros, y como nuestro Mediador no cesa ni por un solo momento de interceder por los que somos tan miserables.
Vive totalmente dedicado a ayudarnos. Jesús es completamente agradable al Padre, pues nunca lo ha ofendido ni en lo más mínimo, y con esa su agradabilidad y simpatía vive intercediendo por nosotros noche y día. Tratemos de creer que su disposición para ayudarnos es de 24 horas cada día.
Tenemos que convencernos de que si no queremos alejarnos de El, tampoco Él se alejará de nosotros. Que no nos abandonará si nosotros no queremos abandonarlo. Cada momento nos puede El repetir: "Confiad en Mí, Yo he vencido al mundo", y en nuestra mente deben estar grabadas como si estuvieran escritas en letras de oro aquellas hermosísimas palabras de San Juan: "Hijitos míos, si alguno ha pecado, recuerde que tenemos un Abogado ante el Padre, es Jesucristo, el santo, que se ofreció como víctima por nuestros pecados" (1 Jn 2, 1)

El Apocalipsis nos recuerda: "Jesucristo nos ama y nos ha lavado con su sangre nuestros pecados" (Apoc. 1,5) y la Carta a los Hebreos nos recomienda: "Acérquemonos con toda confianza al trono de la gracia y hallaremos misericordia y seremos socorridos oportunamente" (Hebr. 4,16)

En las Letanías del Corazón le decimos unas verdades muy consoladoras: "Corazón de Jesús, salvación de los que en Ti esperan... Corazón de Jesús: paz y reconciliación nuestra".
Y en el famoso Himno Dies Irae, del día de difuntos, le suplicamos:

"Rey sublime y majestuoso que a todos salvas piadoso:sálvame por tu piedad.
Recuerda Dios que mi vida fue causa de tu venida. Aquel día ten piedad.
Por buscarme te has cansado por salvarme te han clavado. ¿Sera vana tu pasión?
Justo Juez: por tu clemencia haz que logre tu indulgencia, haz que alcance tu perdón.
De mis ojos brota el llanto, de mis culpas yo me espanto, Oh Señor, perdón piedad.
Si salvaste a Magdalena y al ladrón de eterna pena, Tú serás mi salvador."

Son palabras muy antiguas, y muy dignas de ser repetidas.

Fuente: Libro "El arte de aprovechar nuestras faltas" San Francisco de Sales. Tissot y Salésman.

viernes, 16 de marzo de 2012

El valor del tiempo

Preparación para la muerte
Autor: San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia

Capítulo 11: Valor del tiempo

PUNTO 1
Procura, hijo mío—nos dice el Espíritu Santo—, emplear bien el tiempo, que es la más preciada cosa, riquísimo don que Dios concede al hombre mortal. Hasta los gentiles conocieron cuánto es su valor. Séneca decía que nada puede equivaler al precio del tiempo. Y con mayor estimación le apreciaron los Santos.

San Bernardino de Sena (1) afirma que un instante de tiempo vale tanto como Dios, porque en ese momento, con un acto de contrición o de amor perfecto, puede el hombre adquirir la divina gracia y la gloria eterna.

Tesoro es el tiempo que sólo en esta vida se halla, mas
no en la otra, ni el Cielo, ni en el infierno. Así es el grito de los condenados: «¡Oh, si tuviésemos una hora!...» A toda costa querrían una hora para remediar su ruina; pero esta hora jamás les será dada.
En el Cielo no hay llanto; mas si los bienaventurados pudieran sufrir, llorarían el tiempo perdido en la vida mortal, que podría haberles servido para alcanzar más alto grado de gloria; pero ya pasó la época de merecer.

Una religiosa benedictina, difunta, se apareció radiante en gloria a una persona y le reveló que gozaba plena felicidad; pero que si algo hubiera podido desear, sería solamente volver al mundo y padecer más en él para alcanzar mayores méritos; y añadió que con gusto hubiera sufrido hasta el día del juicio la dolorosa enfermedad que la llevó a la muerte, con tal de conseguir la gloria que corresponde al mérito de una sola Avemaria.

¿Y tú, hermano mío, en qué gastas el tiempo?... ¿Por qué lo que puedes hacer hoy lo difieres siempre hasta mañana? Piensa que el tiempo pasado desapareció y
no es ya tuyo; que el futuro no depende de ti. Sólo el tiempo presente tienes para obrar...

«¡Oh infeliz!
—advierte San Bernardo (2)—, ¿por qué presumes de lo venidero, como si el Padre hubiese puesto el tiempo en tu poder?» Y San Agustín dice: «¿Cómo puedes prometerte el día de mañana, si no sabes si tendrás una hora de vida?» Así, con razón, decía Santa Teresa : «Si no te hallas preparado para morir, teme tener una mala muerte...»

(1) Serm. 4, post Dom I Quadr., c. 4.
(2) Serm. 38 de particul., etc.

AFECTOS Y SÚPLICAS

Gracias os doy, Dios mío, por el tiempo que me concedéis para remediar l
os desórdenes de mi vida pasada. Si en este momento me enviarais la muerte, una de mis mayores penas sería el pensar en el tiempo perdido...

¡ Ah, Señor mío, me disteis el tiempo para amaros, y le he invertido en ofenderos!... Merecí que m
e enviarais al infierno desde el primer momento en que me aparté de Vos; pero me habéis llamado a penitencia y me habéis perdonado. Prometí no ofenderos más, ¡y cuántas veces he vuelto a injuriaros y Vos a perdonarme!... ¡Bendita sea eternamente vuestra misericordia! Si no fuera infinita, ¿cómo hubiera podido sufrirme así? ¿Quién pudiera haber tenido conmigo la paciencia que Vos tenéis?...

¡Cuánto me pesa haber ofendido a un Dios tan bueno!... Carísimo Salv
ador mío, aunque sólo fuera por la paciencia que habéis tenido para conmigo, debería yo estar enamorado de Vos. No permitáis nuevas ingratitudes mías al amor que me habéis demostrado. Desasidme de todo y atraedme a vuestro amor...

No, Dios mío; no quiero perder más el tiempo que me dais para remediar el mal que hice, sino emplearle todo él en amaros y serviros. Os amo, Bondad infinita, y espero amaros eternamente.

Gracias mil os doy, Virgen María, que habéis sido mi abogada para alcanzarme este tiempo de vida. Auxiliadme ahora y, haced que le invierta por completo en amar a Vuestro Hijo, mi Redentor, y a Vos, Reina y Madre mía.

PUNTO 2


Nada h
ay más precioso que el tiempo, ni hay cosa menos estimada ni más despreciada por los mundanos. De ello se lamentaba San Bernardo (3), y añadía: «Pasan los días de salud, y nadie piensa que esos días desaparecen y no vuelven jamás.» Ved aquel jugador que pierde días y noches en el juego. Preguntadle qué hace, y os responderá: «Pasando el tiempo.» Ved aquel desocupado que se entretiene en la calle, quizá muchas horas, mirando a los que pasan, o hablando obscenamente o de cosas inútiles. Si le preguntan qué está haciendo, os dirá que no hace más que pasar el tiempo. ¡Pobres ciegos, que pierden tantos días, días que nunca volverán!
¡Oh tiempo despreciado!, tú serás lo que más deseen los mundanos en el trance de la muerte... Querrán otro año, otro mes, otro día más; pero no les será dado, y oirán decir que ya no habrá más tiempo (Ap., 10, 6). ¡Cuánto no daría cualquiera de ellos para alcanzar una semana, un día de vida, y poder mejor ajustar las cuentas del alma!... «Sólo por una hora más—dice San Lorenza Justiniano (4)—darían todos sus bienes.» Pero no obtendrán esa hora de tregua... Pronto dirá el sacerdote que los asista: «Apresúrate a salir de este mundo; ya no hay más tiempo para ti» (5).

Por eso nos exhorta el profeta (Ecl., 12, 1-2) a que nos acordemos de Dios y procuremos su gracia ant
es que se nos acabe la luz... ¡ Qué angustia no sentirá un viajero al advertir que perdió su camino cuando, por ser ya de noche, no sea posible poner remedio!... Pues tal será la pena, al morir, de quien haya vivido largos años sin emplearlos en servir a Dios. Vendrá la noche cuando nadie podrá ya operar (Jn., 9,4). Entonces la muerte será para él tiempo de noche, en que nada podrá hacer. «Clamó contra mí el tiempo» (Lm., 1, 15).

La conciencia le recordará cuánto tiempo tuvo, y cómo le gastó en daño del alma; cuántas gracias recibió de Dios para santificarse, y no quiso aprovecharse de ellas; y además verá cerrada la senda para hacer el bien.

Por eso dirá gimiendo: «¡Oh, cuan loco fui!... ¡Oh tiempo perdido en que pude santificarme!... Mas
no lo hice, y ahora ya no es tiempo...» ¿Y de qué servirán tales suspiros y lamentos cuando el vivir se acaba y la lámpara se va extinguiendo, y el moribundo se ve próximo al solemne instante de que depende la eternidad?

(3) Serm. Ad Schol.
(4) De vita sol., c.10.
(5) Proficiscere, anima cristiana, de hoc mundo.

AFECTOS Y SÚPLICAS
¡Ah, Jesús mío! Toda vuestra vida empleasteis en salvar mi alma; ni un solo momento dejasteis de ofreceros por mí al Eterno Padre para alcanzarme perdón y salvación... Y yo, al cabo de tantos años de vida en el mundo, ¿cuántos he empleado en serviros? ¡Todos los recuerdos de mis actos me traen remordimientos de conciencia! El mal fué mucho. El bien, poquísimo y lleno de impe
rfecciones, de tibieza, amor propio y distracción. ¡ Ah, Redentor mío, he sido así porque olvidé lo que por mí hicisteis! Os olvidé, Señor, pero Vos no me olvidasteis, sino que vinisteis a buscarme y me ofrecisteis vuestro amor repetidas veces, mientras yo huía de Vos.

Aquí estoy, ¡oh buen Jesús!, no quiero resistir más, ni pensar que me abandonaréis. Duéleme, ¡oh Soberano Bien!, de haberme separado de Vos por el pecado. Os amo, Bondad infinita, digna de infinito amor. No permitáis que vuelva a perder el tiempo que vuestra misericordia me concede. Acordaos; siempre, amado Salvador mío, del amor que me tenéis y de los dolores que por mi padecisteis.

Haced que de todo me olvide en esta vida que me queda, excepto de pensar sólo en amaros y complaceros. Os amo, Jesús mío, mi amor y mi todo. Y os prometo hacer frecuentísimos actos de amor. Concededme la santa perseverancia, como espero confiadamente, por los merecimientos de vuestra preciosa Sangre...
Y en vuestra intercesión confío, i oh María, mi querida Madre!

PUNTO 3
Preciso es que caminemos por la vía del Señor mientras tenemos vida y luz (Jn., 12, 35), porque ésta luego se pierde en la muerte. Entonces no será ya tiempo de prepararse, sino de estar preparado (Lc., 12, 40). En la muerte nada se puede hacer: lo hecho, hecho está...
¡ Oh Dios! ¡ Si alguno supiese que en breve se había de fallar la causa de su vida o muerte, o de su hacienda toda, con cuanta diligencia buscaría un buen abogado, procuraría que los jueces conociesen bien las razones le asistieran, y trataría de allegar medios de obtener sentencia favorable!... Y nosotros, ¿qué hacemos? Nos consta con incertidumbre que muy en breve, en el momento menos pensado, se ha de fallar la causa del mayor negocio que tenemos, es, a saber, del negocio de nuestra salvación eterna..., ¿y aún perdemos tiempo?
Quizá diga alguno: «Yo soy joven ahora; más tarde me convertiré a Dios.» Pues sabed—respondo—que el Señor maldijo aquella higuera que halló sin frutos, aunque no era tiempo de tenerlos, como lo hace notar el Evangelio (Mr., 11, 13)

Con lo cual Jesucristo quiso darnos a entender que el hombre en todo tiempo, hasta en el de la juventud, debe producir frutos de buenas obras; de otro modo será maldito y no dará frutos en lo por venir. Nunca jamás coma ya nadie de ti (Mr., 11, 14). Así dijo a aquel árbol el Redentor, y así maldice a quien Él llama y le resiste...

¡Cosa digna de admiración. Al demonio le parece breve el tiempo de nuestra vida, y no pierde ocasión de tentarnos. Descendió el diablo a vosotros con grande ira, sabiendo que tiene poco tiempo (Ap., 12, 12). ¡ De suerte qué el enemigo no desaprovecha ni un instante para perdernos, y nosotros no aprovechamos el tiempo para salvarnos !

Otro preguntará: «¿Qué mal hago yo?...» ¡Oh Dios mío! ¿Y no es ya un mal perder el tiempo en juegos o conversaciones inútiles, que de nada sirven a nuestra alma? ¿Acaso nos da Dios ese tiempo para que así le perdamos? No, dice el Espíritu Santo; la partecita de un buen don no se te pase (Ecl., 14, 14). Aquellos operarios de que habla San Mateo no hacían cosa alguna mala; solamente perdían el tiempo, y por ello les reprendió el dueño de la viña: ¿Qué hacéis aquí todo el día ociosos? (Mt., 20, 6).

En el día del juicio, Jesucristo nos pedirá cuenta de toda palabra ociosa. Todo tiempo que no se emplea por Dios es tiempo perdido (6). Y el Señor nos dice (Ecl., 9, 10): Cualquier cosa que pueda hacer tu mano, óbrala con instancia; porque ni obra, ni razón de sabiduría, ni ciencia, habrá en el sepulcro, adonde caminas aprisa.

La venerable Madre Sor Juana de la Santísima Trinidad, hija de Santa Teresa, decía que en la vida de los Santos no hay día de mañana; que solamente la hay en la vida de los pecadores, pues siempre dicen: «Luego, luego», y así llegan a la muerte. He aquí ahora el tiempo favorable (2 Cor., 6, 2). Si hoy oyereis su voz, no queráis endurecer vuestros corazones (Sal. 94, 8). Hoy Dios te llama para el bien; hazle hoy mismo, pues mañana quizá no sea ya tiempo, o Dios no te llamará.

Y si, por desgracia, en la vida pasada has empleado el tiempo en ofender a Dios, procura llorarlo en el resto de tu vida mortal, como se propuso el rey Ezequías: Repasaré delante de ti todos mis años con amargura de mi alma (Is., 38, 15).
Dios te prolonga la vida para que repares el tiempo perdido: Redimiendo el tiempo, porque los días son malos (Ef., 5, 16); o bien, según comenta San Anselmo: «Recuperarás el tiempo si haces lo que descuidaste hacer».

San Jerónimo dice de San Pablo, que, aunque era el último de los Apóstoles, fue el primero en méritos por lo que hizo después de su vocación (7).
Consideremos siquiera que en cada instante podemos granjear mayor acopio de bienes eternos. Si nos concediesen tanto terreno como caminando en un día pudiéramos rodear, o tanto dinero como alcanzásemos a contar en un día, ¡ con cuánta prisa procederíamos! Pues si podemos en un momento adquirir eternos tesoros, ¿por qué hemos de malgastar el tiempo? Lo que hoy puedas hacer, no digas que lo harás mañana, porque el día de hoy le habrás perdido y no volverá más.
Cuando San Francisco de Borja oía hablar de cosas mundanas, elevaba a Dios el corazón con santos afectos, de suerte que si le preguntaban luego su sentir acerca de lo que se había dicho, no sabía qué responder. Reprendiéronle por ello, y contestó que antes prefería parecer hombre de rudo ingenio que perder el tiempo vanamete (8).
(6) S. Bern., Coll.1, c. 8.
(7) Paulus novissimus in ordine, primus in meritis, quia plus ómnibus laboravit.
(8) Malo rudis vocari, quam temporis iacturam pati.

AFECTOS Y SÚPLICAS
No, Dios mío; no quiero perder el tiempo que me ha¬béis concedido por vuestra misericordia... He merecido verme en el infierno, gimiendo sin esperanza. Os doy, pues, fervorosas gracias por haberme conservado la vida. Deseo, en los días que me restan, vivir sólo para Vos.

Si estuviese en el infierno, lloraría desesperado y sin fruto. Ahora lloraré las ofensas que os hice, y llorándolas, sé de cierto que me perdonaréis, como lo asegura el Profeta (Is., 30, 19). En el infierno me sería imposible amaros; ahora os amo y espero que siempre os amaré. En el infierno jamás podría pedir vuestra gracia; ahora oigo que decís: Pedid y recibiréis (Jn., 16, 24).

Y puesto que aún me hallo en tiempo útil para pediros gracias, dos voy a demandaros: ¡ oh Dios mío!, con-cededme la perseverancia en vuestro santo servicio, dadme vuestro amor, y luego haced de mí lo que quisierais. Haced que en todos los instantes de mi vida me encomiende siempre a Vos, diciendo: «Ayudadme, Señor... Señor, tener piedad de mí; haced que no os ofenda; haced que os ame...»

¡Virgen Santísima y Madre mía, alcanzadme la gracia de que siempre me encomiende a Dios y le pida su santo amor y la perseverancia!

Fuente: Texto de Catholic.net

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