jueves, 23 de febrero de 2012

¿Qué he de hacer para salvarme?

El asunto de la salvación es de tal importancia, y trascendencia, que debe ser preferido por ti a todos los demas asuntos de tu vida, cualesquiera que sean éstos, ya los bienes de fortuna, ya los cuidados y afectos de familia, ya los honores y la honra, las justas ambiciones, los pasatiempos y las distracciones, etc., etc.; todos deben estar subordinados a aquél, como los medios al fin.

Entre todos los negocios del hombre sobre la tierra, es el de la salvación del alma, el verdaderamente necesario. A la verdad, una sola cosa es necesaria, decía Yo a Marta, la de Betania, que es la salvación eterna. María ha escogido la mejor parte, de que jamás será privada (Luc. 10,42) Por las demás cosas no hay que turbarse mucho ni inquietarse. Hay que buscar primero el reino de Dios, y su justicia; todo lo demás se dará por añadidura. (Mat. 6,33)

Es además un negocio tremendo y difícil para cuya solución se requieren grandes esfuerzos y una franca cooperación: Desde los días de San Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos se alcanza a viva fuerza, y los que se la hacen a sí mismos son los que le arrebatan. (Mat. 11, 12)

Por último, es un asunto que no debe dejarse sólo a la misericordia de Dios, pues si es verdad que Él desea y quiere que todos se salven, también es verdad que exige la cooperación voluntaria de éstos para salvarse. Lo expresa con precisión terminante mi Apóstol Pablo, cuando dice a los cristianos de Filipos: Trabajad con temor y temblor en la obra de vuestra salvación; (Filip. 2, 12)
y mi siervo S. Agustín exclama: "El que te creó a ti sin ti, no te salvará sin ti."

Respecto al modo como has de procurar tu salvación, sólo puedo decirte lo que dije al joven del Evangelio que me hizo la misma pregunta: Si quieres llegar a la vida eterna, guarda los Mandamientos. (Mat. 9, 17) Tendrás además, un gran sentimiento del temor de Dios y de su justicia en todos los actos de tu vida. La salvación se concede a los que temen al santo nombre de Dios.

Yo dediqué mis enseñanzas y mis milagros, mis preceptos y mis consejos, mis penas y mis lágrimas, mi sangre y mi vida entera, no más que a la gloria de mi Padre y a la salvación del hombre. Justo es que tú cooperes con tus esfuerzos y con tu buena voluntad a hacer efectivos los méritos que para ti adquirí con mi Pasión y mi muerte.

¡Ay de ti, si por dar luz a los demás, te quedas en tinieblas! ¡Ay de ti, si por arreglar asuntos ajenos, fracasas en el propio y prinicipal; si por conquistar amistades humanas, pierdes la amistad de Dios;... si por conquistar riquezas y honores que se corrompen, pierdes los tesoros y los honores incorruptibles del cielo! ...¿De qué te servirá haber ganado el mundo entero, si en cambio vas a perder tu alma? (Mat. 16,26)

Has de elevar todos los días tus pensamientos hacia el cielo, recordando a la heroica madre de los Macabeos que, para animar a su hijo más pequeño al martirio, le decía: yo te ruego, hijo mío, que mires al cielo, pues ahí vive tu Dios, el que ha hecho de la nada todas las cosas del universo y a todos los hombres que pueblan la tierra. (2 Macab. 7,28)

Debes meditar constantemente en tu salvación, pues tu Dios y Salvador no cesa ni un instante de estar trabajando por hacerla efiza. Mi Padre está siempre en acción y Yo con Él... ¿Qué más he debido hacer por mi viña, es decir, por ti, que no lo haya hecho? (Juan 5,17)

Ni deben acobardarte en esta empresa las tentaciones que han de ser frecuentes, ni la molestia de las pasiones, ni tus miserias y fragilidades, pues cuentas con los auxilios divinos necesarios para resistir en la lucha. Mi Padre no niega ninguno de los dones que se solicitan, cuando, con las deisposiciones debidas dirigen a El las almas la hermosa oración que Yo les he enseñado: Padre nuestro que esta en los cielos.... (Mat. 6,9)

Por fin, has de advertir que en tu estado, en tu condición, cualquiera que ésta sea, en el medio en que vives, puedes salvarte. No tienes obligaciónd e aislarte de los demás, de retirarte al silencio de los monasterios, ni de vivir entristecido entre lagrimas y desconsuelos. La gracia que Yo te he conquistado con los méritos infinitos de mi Pasión y de mi muerte, te acompaña a todas partes; sólo se necesita, para que el éxito sea seguro y eficaz, que cooperes a ella y te aproveches de la fortaleza que ella misma te comunica.

Bien puedes vivir sin escrúpulo entre gozos y santas alegrías, con tal que seas buen cristiano, pues la religión guarda y justifica el corazón: ella dá gozo y alegría al alma (Ecli. 1,12); con tal que cumplas con tus deberesm, teniendo como norma, los Mandamientos de Dios y de su Iglesia y procures siempre hacer el bien, evitar el mal y proceder en todo a base de temor del Señor que es el principio o suma de la sabiduría. Te salvarás, sí, te salvarás... Te lo aseguro Yo que soy tu Dios; Yo, tu Maestro divino, te lo garantizo con mi palabra que es toda infalible y de vida eterna... cree, espera, confía y ama; lo demás, Yo me encargaré de hacerlo.

Fuente: La Reforma de la vida a los pies de Cristo Maestro. Mons. Sepulveda. Lecciones de Cuaresma y Semana Santa. Viernes después de ceniza.

viernes, 17 de febrero de 2012

La prueba de las pruebas, El abandono absoluto – la desesperación. (sufrimientos espirituales)

A veces tenemos sufrimientos del alma que no podemos ni siquiera explicar a otras personas, solamente nos sentimos solos, y en silencio no sabemos de que se tratan estos sufrimientos, muchas personas las confundirían con depresión pero no es eso, son pruebas de Dios para purificar un alma.

Leemos lo que dice Santa Faustina sobre estas pruebas, las más difíciles:

"Cuando el alma sale victoriosa de las pruebas anteriores, aunque quizás tropezando,
pero sigue luchando y con profunda humildad clama al Señor: Sálvame porque
perezco. Y esta todavía en condiciones de luchar.

Ahora una terrible oscuridad envuelve al alma. El alma ve dentro de sí solamente
pecados. Lo que siente es terrible. Se ve completamente abandonada de Dios,
siente como si fuera objeto de su odio y se encuentra al borde de la desesperación.
Se defiende como puede, intenta despertar la confianza, pero la oración es para ella
un tormento todavía mayor, le parece que empuja a Dios a una mayor ira. Esta
colocada en un altísimo pico que se encuentra sobre un precipicio.

El alma anhela fervientemente a Dios, pero se siente rechazada. Todos los
tormentos y suplicios del mundo son nada en comparación con la sensación en la
que se encuentra sumergida, es decir, el rechazo por parte de Dios. Nadie la puede
aliviar. Ve que se encuentra sola, no tiene a nadie en su defensa. Levanta los ojos
al cielo, pero sabe que no es para ella, todo esta perdido para ella. De una
oscuridad cae en una oscuridad aun mayor, le parece que ha perdido a Dios para
siempre, a ese Dios que tanto amaba. Este pensamiento le produce un tormento
indescriptible. Sin embargo no se conforma con eso, intenta mirar al cielo, pero en
vano; eso le causa un tormento todavía mayor.

Nadie puede iluminar tal alma si Dios quiere mantenerla en las tinieblas. Este
rechazo por parte de Dios ella lo siente muy vivamente, de modo terrorífico. De su
corazón brotan gemidos dolorosos, tan dolorosos que ningún sacerdote los puede
comprender si no lo ha pasado el mismo.

En esto el alma padece todavía sufrimientos por parte del espíritu maligno. Satanás se burla de ella: Ves, ¿seguirás siendo fiel? He aquí la recompensa, estas en nuestro poder. Pero Satanás
tiene tanto poder sobre aquella alma cuanto Dios permite: Dios sabe cuánto
podemos resistir. ¿Y qué has ganado por haberte mortificado? ¿Y qué has
conseguido siendo fiel a la regla? ¿A qué todos estos esfuerzos? Estás rechazada
por Dios. La palabra “rechazada” se convierte en fuego que penetra cada nervio
hasta la medula de los huesos. Traspasa todo su ser por completo. Viene el
momento supremo de la prueba. El alma ya no busca ayuda en ninguna parte, se
encierra en sí misma y pierde de vista todo y es como si aceptara este tormento de
rechazo.

Es un momento que no sé definir. Es la agonía del alma. Cuando ese
momento empezó a acercarse a mí por primera vez, fui liberada de él en virtud de
la santa obediencia. La Maestra de novicias al verme se asustó y me mandó a
confesarme; pero el confesor no me entendió, no experimenté siquiera una sombra
de alivia. Oh Jesús, danos sacerdotes con experiencia.

Cuando dije que experimentaba en mi alma tormentos del infierno, me contestó
que él estaba tranquilo por mi alma, porque veía en mi alma una gran gracia de
Dios. Sin embargo yo no comprendí nada de eso y ni un pequeño rayo de luz
penetro en mi alma.

Ahora ya empiezo a sentir la falta de las fuerzas fisicas y ya no llego a cumplir las
Tareas. Ya no puedo ocultar los sufrimientos: aunque no digo ni una palabra de lo
que sufro, no obstante el dolor que se refleja en mi rostro, me delata y la Superiora
ha dicho que las hermanas vienen a ella y le dicen que cuando me ven en la capilla,
sienten compasión por mi, tan espantoso es el aspecto que tengo. Sin embargo, a
pesar de los esfuerzos, el alma no es capaz de ocultar este sufrimiento.

Jesús, solo Tú sabes como el alma gime en estos tormentos, sumergida en la
oscuridad, y con todo eso tiene hambre y sed de Dios, como los labios quemados
[tienen sed] del agua. Muere y aridece; muere de una muerte sin morir, es decir no
puede morir. Sus esfuerzos son nada; esta bajo una mano poderosa. (48) Ahora su
alma pasa bajo el poder del Justo. Cesan todas las tentaciones externas, calla todo
lo que la rodea, como un moribundo, pierde la percepción de lo que tiene
alrededor, toda su alma esta recogida bajo el poder del justo y tres veces santo
Dios. Rechazada por la eternidad. Este es el momento supremo y solamente Dios
puede someter un alma a tal prueba, porque sólo Él sabe que el alma es capaz de
soportarla.

Cuando el alma ha sido compenetrada totalmente por este fuego
infernal, cae en la desesperación. Mi alma experimentó este momento cuando
estaba sola en la celda. Cuando el alma comenzo a hundirse en la desesperación, sentí que estaba llegando mi agonía, entonces cogi un pequeño crucifijo y lo estreché fuertemente en la mano; sentí que mi cuerpo iba a separarse del alma y
aunque deseaba ir a las Superioras, no tenia ya las fuerzas fisicas, pronuncie las ultimas palabras, confío en Tu misericordia, y me parecio que había impulsado a
Dios a una ira aun mayor, y me hundi en la desesperación, y solamente de vez en cuando de mi alma irrumpia un gemido doloroso, un gemido sin consuelo.

El alma en la agonia. Y me parecía que ya me quedaría en ese estado, porque no habria salido de él con mis propias fuerzas. Cada recuerdo de Dios es un mar indescriptible de tormentos, y sin embargo hay algo en el alma que anhela fervientemente a Dios, pero a ella le parece que es solamente para que sufra mas.
El recuerdo del amor con el que Dios la rodeaba antes, es para ella un tormento
nuevo. Su mirada la traspasa por completo y todo ha sido quemado por ella en su
alma.

Despues de un largo momento, al entrar en la celda una de las hermanas me encontró
casi muerta. Se asustó y fue a la Maestra que en virtud de la santa obediencia me
ordenó levantarme del suelo y en seguida senti las fuerzas fisicas, y me levanté del
suelo temblando toda. La Maestra se dio cuenta inmediatamente del estado de mi
alma, me habló de la inconcebible misericordia de Dios y dijo: No se preocupe por
nada, hermana, se lo ordeno en virtud de la santa obediencia. Y continuó: Ahora veo
que Dios la llama a una gran santidad, el Señor la desea tener cerca de sí, permitiendo
estas cosas, tan pronto. Sea fiel a Dios, hermana, porque esto es una señal de que la
quiere tener en lo alto del cielo. Pero yo no entendí nada de estas palabras.

Al entrar en la capilla, senti como si todo se hubiera alejado de mi alma; como si
yo hubiera salido recientemente de la mano de Dios, senti que mi alma era intangible,
que yo eera una niña pequeña. De repente vi interiormente al Señor quien me dijo:
"No tengas miedo, hija Mía, Yo estoy contigo". En aquel mismo momento
desaparecieron todas las tinieblas y los tormentos, los sentidos [fueron] inundados de
una alegría inconcebible, las facultades del alma coladas de luz.

Quiero decir también que, aunque mi alma ya estaba bajo los rayos de su amor, no
obstante, las huellas del suplicio soportado quedaron en mi cuerpo dos días más. El
rostro pálido como de una muerta y los ojos inyectados de sangre. Solo Jesús sabe lo
que sufrí. Comparado con la realidad, es pálido lo que he escrito. No sé expresarlo,
me parece que he vuelto del mas allá. Siento aversión a todo lo que esta creado. Me
abrazo al Corazón de Dios, como el niño recién nacido al pecho de su madre. Miro
todo con ojos distintos. Estoy consciente de lo que el Señor ha hecho en mi alma con
una palabra; de esto vivo. El recuerdo del martirio sufrido me da escalofríos. No
hubiera creído que es posible sufrir tanto si yo misma no lo hubiera pasado. Es un
sufrimiento totalmente espiritual.

Sin embargo, en todos estos sufrimientos y combates no abandoné la Santa Comunión. Cuando me pareció que no debía recibirla, entonces iba a ver a la
Maestra y le decía que no podía ir a la Santa Comunión, que me parecía que no debía
recibirla. Sin embargo ella no me permitía abandonar la Santa Comunión; y yo iba a
recibirla, y me daba cuenta de que solo la obediencia me había salvado. La Maestra
misma me dijo después que “estas experiencias habían pasado pronto solamente
porque usted, hermana, fue obediente. [Fue por] el poder de la obediencia que usted pasó tan valientemente [la prueba].” Es verdad que el Señor mismo me liberó de este suplicio, pero la fidelidad a la obediencia le agradó.

Aunque estas cosas son espantosas, no obstante ningún alma debería asustarse
demasiado, porque Dios nunca da por encima de lo que podemos soportar. Y por
otra parte, quizás nunca nos dé a nosotros suplicios semejantes, y lo escribo porque
si el Señor quiere llevar un alma a través de tales sufrimientos, que no tenga miedo,
sino que sea fiel a Dios en todo lo que depende de ella. Dios no hará daño al alma,
porque es el Amor Mismo y por este amor inconcebible la llamó a la existencia. Pero
cuando yo me encontraba angustiada, no lo comprendía."

¡Que impresionante esta narración de los sufrimentos espirituales que dice Santa Faustina!

martes, 7 de febrero de 2012

Beneficios de las tribulaciones (sufrimientos)


Todos vivimos día a día tribulaciones = dificultades, problemas, sufrimientos, dolores, situaciones que nos hacen sufrir, y solo quisieramos que desaparecieran de nuestra vida si fuera posible inmediatamente, pero no hemos reflexionado sobre los posibles beneficios espirituales que nos traen todos estos sufrimientos.

Aquí una excelente explicación sobre los beneficios que trae al alma todo el dolor y sufrimiento de cualquier clase.

Yo enriquezco, en el tiempo de la tribulación, a las almas que amo, con Mis mayores gracias. Vean a Juan el Bautista que, entre las cadenas y estrecheces de la cárcel, conoce las obras que Yo hacía. Ustedes no lo entienden, pero es grande e inapreciable la utilidad que sacan de las tribulaciones. Yo no se las envío porque quiero su mal, si no porque anhelo su bien y, por lo mismo, deben recibirlas cuando las envío y darme también las gracias, no solo resignándose a cumplir Mi divina Voluntad, sino alegrándose de que los trate como antes Mi Padre Me trató a Mí, que Mi vida en la tierra fue un tejido de penas y dolores.

Voy a detallarles:

Primero verán por qué son útiles las tribulaciones. El que no ha sido tentado, ¿qué es lo que puede saber? El que tiene mucha experiencia, será reflexivo y el que ha aprendido mucho, discurrirá con prudencia. El que siempre ha vivido en la prosperidad, en la comodidad, no sabe nada acerca del estado de su alma. El primer buen efecto de la tribulación es abrirles los ojos que la prosperidad les tiene cerrados. Ciego estaba San Pablo cuando Me aparecí a él y entonces conoció los errores en que vivía. Recurrió a Mí el Rey Manasés estando preso en Babilonia, conoció sus pecados e hizo penitencia de ellos. Piensa en el Hijo Pródigo… Es así, mientras viven en la prosperidad, solamente piensan en el mundo y en los vicios.

El segundo buen beneficio de la tribulación es separarlos del apego que tienen a las cosas de la tierra. Cuando la madre quiere destetar a su hijo de pecho, pone algo amargo en el pezón para que el niño se separe y se acostumbre a comer. Lo mismo hago Yo con ustedes para apartarlos de los bienes terrenales: pongo hiel en las cosas terrenas para que, hallándolas ustedes amargas, las aborrezcan y amen los bienes celestiales. Hago amargas las cosas terrenas para que busquen otra felicidad, cuya dulzura no los engañe.

El tercer buen beneficio consiste en que aquellos que viven en la prosperidad, estimulados de la soberbia, de la vanagloria, del orgullo, del deseo inmoderado de adquirir riquezas, honores y placeres, sean librados de todas estas tentaciones por medio de las tribulaciones; los vuelvan humildes para contentarse con el estado y condición en que Yo los He colocado. Envío tribulaciones para que no sean condenados juntamente con este mundo.

El cuarto beneficio es reparar por los pecados cometidos, mucho mejor que las penitencias que ustedes se imponen voluntariamente. ¡Qué remedio tan eficaz es el sufrimiento para curarles las llagas y heridas que les abrieron los pecados! ¿Por qué se quejan? La tribulación que sufren, lo dice San Agustín, es una medicina, no un castigo. Job llama dichoso al hombre a quien Yo mismo corrijo, porque Yo mismo hago la llaga y la sano: hiero y curo con Mis manos.

El quinto beneficio es que las penas hacen que ustedes se acuerden de Mí y los obliga a recurrir a Mi Misericordia, viendo que solamente Yo Soy el que puede aliviárselas, ayudándolos a sufrirlas (Mateo 11, 28).

El sexto beneficio es que las tribulaciones los hacen contraer grandes méritos ante Mí, dándoles ocasión de ejercitar las virtudes que más amo: la humildad, la paciencia y la conformidad con Mi Voluntad. No se olviden que más vale un “Bendito sea Dios” que mil acciones de gracias en la prosperidad. Hijos Míos, qué tesoro de méritos consigue el cristiano sufriendo con paciencia los desprecios, la pobreza y las enfermedades. Los desprecios que se reciben de los hombres son los verdaderos deseos de los santos que anhelan ser despreciados por amor a Mí, para hacerse semejantes a Mí.

¡Cuánto ganan sufriendo las incomodidades de la pobreza! Si te crees infeliz porque vive junto a tí la pobreza, realmente eres infeliz y digno de compasión, no porque eres pobre, sino porque siéndolo no abrazas tu pobreza y te tienes por desdichado.

Sufrir con paciencia los dolores y enfermedades es alcanzar de antemano una gran parte de la corona que les está preparada en el Cielo. Si se queja un enfermo de que por estar así no puede hacer nada, se equivoca; porque lo puede hacer todo, ofreciendo a Dios con paz y resignación cuanto padezca en su enfermedad. Yo castigo al que amo y pruebo con adversidades a los que recibo por hijos Míos (Hebreos 12, 6).

Un día le dije a Santa Teresa: debes saber que las almas que más ama Mi Padre, son aquellas que padecen mayores tribulaciones. Aprende de Job, quien decía: “Si hemos recibido los bienes de la mano del Señor, ¿por qué no recibiremos también los males?” ¿Tú piensas que no es justo que quien recibió con alegría la vida, la salud, las riquezas temporales, reciba también los sufrimientos, los cuales les son más útiles y provechosos que la prosperidad? Hija Mía, un alma fortificada en el sufrimiento, se parece a una llama que el viento hace crecer….”

“Las tribulaciones más temibles para un alma buena son las tentaciones con que el demonio los incita a ofender a Dios; pero quien las resiste y las sufre, implorando el auxilio divino, adquiere con ellas gran tesoro de méritos. En 1ª Cor 10, 13, lean: “Fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas, sino que de la misma tentación os hará sacar provecho para que podáis sosteneros.” Y en las bienaventuranzas, que tanto te gustan, les digo que serán consolados cuantos lloran.

Si no sufren con paciencia las tribulaciones, no mejorarán su estado y será mayor el peligro. No hay remedio, si quieren salvarse, es preciso pasar por medio de muchos sufrimientos para entrar en Mi Reino. No olviden que el Paraíso es el lugar de los pobres, de los humildes y de los afligidos.

En suma, quiero que entiendan que las tribulaciones con las cuales Yo los pruebo o los corrijo no vienen para su perdición, sino para su provecho o su enmienda. Cuando se ve un pecador atribulado, es señal de que Yo quiero tener Misericordia de él en la otra vida. Al contrario, es desgraciado aquel que no es tocado por Mí en este mundo, porque es señal de que Estoy descontento con él y lo tengo reservado para el eterno castigo. El Profeta Jeremías preguntó: “Señor, ¿por qué motivo a los impíos todo les sale prósperamente en este mundo?” (Jeremías 12, 1). Cuando se ven cercados de los sufrimientos que Yo les envío, oren como Job; oren como San Agustín, que decía: “Señor, quema, despedaza y no perdones en este mundo para que me perdones en el otro, que es eterno”. Por eso, quien se ve afligido por Dios en esta vida, tiene una señal segura de que es Mi amado. El que quiera ser glorificado con los Santos, debe padecer en esta vida como los santos padecieron. Ninguno de ellos ha sido bien tratado ni querido del mundo, sino que todos fueron perseguidos.

Bien, ahora les diré como deben portarse en los sufrimientos: El que se vea combatido de penas en este mundo necesita, ante todas las cosas, alejarse del pecado y procurar ponerse en gracia de Dios. De otro modo, todo lo que padezca estando en pecado, será perdido para él. Es decir, sin la gracia, de nada les aprovecharía el sufrimiento. Al contrario, el que padece Conmigo y por Mí, con resignación, todos sus padecimientos se convierten en consuelo y alegría. Por eso Mis Apóstoles, después de haber sido injuriados y maltratados por los judíos, se retiraron de la presencia del concilio llenos de gozo, porque habían sido dignos de sufrir por Mi Nombre.

Así, cuando Yo les envío un sufrimiento, es preciso que digan como Yo. El cáliz, que Me Ha dado Mi Padre celestial, ¿He de dejar Yo de beberlo? Porque, además de que deben recibir la tribulación como venida de Mi mano, ¿cuál es el patrimonio del cristiano en este mundo, sino los padecimientos y las persecuciones? Yo He muerto en una Cruz y Mis Apóstoles sufrieron martirios crueles. ¿Se llamarán ustedes Mis imitadores, cuando ni saben sufrir las tribulaciones con paciencia y resignación?

Cuando se vean muy atribulados y no sepan qué hacer, vuélvanse a Mí, que Soy el único que puede consolarlos. Acudan a Mí con gran confianza en Mi Corazón que está lleno de Misericordia, y no hacer como algunos que se abaten si no los oigo en cuanto comienzan a suplicar. Para estos dije a Pedro: Hombre de poca fe, ¿por qué has desconfiado?

Cuando las gracias que desean obtener son espirituales y pueden contribuir al bien de sus almas, deben estar seguros de que Yo los oir siempre que Me supliquen con tesón y no pierdan la confianza. Es, por lo tanto, necesario que en los sufrimientos no desconfíen jamás de que la piedad divina los ha de consolar. Las almas que tienen poca fe, en vez de recurrir a Mí en el tiempo de la tribulación, recurren a los medios humanos, y aun satánicos como brujos y adivinos, olvidándose de acudir a Mí y no pueden verse socorridas en sus necesidades. Si Yo no Soy el que edifica la casa, en vano se fatigan los arquitectos.

¿Por qué los hombres Me provocaron la ira volviéndome la espalda y postrándose ante los ídolos que han invocado, y en quienes colocan su esperanza? ¿Por qué motivo dicen que ya no quieren acudir a Mí? ¿Por ventura He sido para ustedes tierra sombría que no da fruto? No saben el gran deseo que tengo de que acudan a Mí en busca de consuelo en las tribulaciones, para poder dispensarles Mis gracias y al mismo tiempo hacerles saber que, cuando Me suplican, no Me hago de rogar, sino que Estoy presto a socorrerlos y consolarlos, aunque muchas veces, no por el camino que ustedes desean. Yo no duermo cuando ustedes recurren a Mí y Me piden algunas gracias útiles a sus almas, porque entonces los oigo cuidadoso de su bien. Estén seguros que cuando Me piden gracias temporales, o les daré lo que piden, o les daré otra cosa mejor; o les concederé la gracia pedida, siempre que les sea provechosa para el alma, o alguna otra más útil. Por ejemplo, la de acomodarse con resignación a Mi Voluntad y a sufrir con paciencia aquella pena. Todo ésto les aumenta los méritos para conseguir la vida eterna.

Hijos Míos, falta tan poco para Mi retorno. No desmayen en las persecuciones de todo tipo, agradezcan los sufrimientos temporales…
¡No saben cuánto los amo! ¡No quiero perderlos por toda la eternidad!
Créanme que con cada pena de uno de Mis elegidos Yo también sufro, pero sufro con amor, sabiendo que los salvo…”


Mensajes de Nuestro Señor Jesús a Catalina Rivas, LA PUERTA DEL CIELO Cap.38.2,

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