sábado, 21 de agosto de 2010

Anhelos de felicidad

En el fondo del ser humano, más allá del campo de las necesidades de su cuerpo; más adentro todavía del dominio de su imaginación; alla, en el fondo de su corazón y confundiéndose con su misma esencia, late un anhelo sublime de felicidad, un deseo profundo de plenitud y de ser.

Es la chispa que en el momento de la creación salto del Ser divino e hizo del hombre la imagen de Dios. Desde entonces quedó marcado con este sello, desde entonces participó en cierta forma por semejanza de la vida divina.

Dios es la plenitud del ser; es el infinitamente feliz; es Aquel al que no le falta nada, ni tiene necesidad de nadie…

Lo que en Dios es plenitud, en el hombre ese anhelo.
Lo que en Dios es ser, en el hombre es deseo.
Lo que en Dios es infinita satisfacción, es en el hombre inquietud devoradora.

Se siente el hombre constantemente aguijoneado por “algo” que le hace falta. Desea siempre ser más de lo que es, valer más, poseer más… Su vida es un esfuerzo constante para llenar ese vacío, esa carencia y limitación; pretende a cada paso saltar esa barrera de poquedad y de miseria. Y todo esto lo hace porque tras de todos estos anhelos, se esconde la intima convicción, la plena intuición de que sobrepasándose, encontrará la felicidad.
Quiere ser feliz a toda costa.

En el inhospito desierto de la vida, más de una vez el hombre ve brillar tentadores espejismos que brindan inexistentes oasis a la sed de dicha que lo atormenta.

El hombre no ha caído en la cuenta de lo que en el fondo es su anhelo tan profundo de felicidad. Es la conciencia de su limitación de su falta de “ser”; es su hambre de plenitud y de afirmación.

Y este vacío tan radical, tan profundo, sólo Dios lo puede llenar. La capacidad del corazón humano, si vale la expresión, es infinita. Las cosas criadas son limitadas; es imposible que llenen y satisfagan el corazón del hombre; solo el Ser Supremo colma la medida. De allí la insatisfacción que le dejan, de allí el hecho, de que lejos de apagar su sed, la acentúan. Mas pocos hombres por desgracia caen en la cuenta de esta realidad; pocos llegan a exclamar con San Agustín: “Nos hiciste para Ti ¡Oh Dios!, e inquieto ha de estar nuestro corazón, hasta que no descanse en Ti”.

Joven estudiante: tu también comienzas a ser victima de este aguijón. Sueñas en grandezas; en hacer de tu vida algo digno de la fama. Te preparas por el estudio para emprender una carrera en la que los éxitos sucedan a los éxitos; y a éstos las riquezas y el bienestar.

¡Cuidado! No seas una victima más. Tus ideales son légitimos y buenos, mas no los consideres como la última meta. 
No olvides que la meta final es Dios. De lo contrario tendrías que lamentar una vida que termina en el fracaso; y al final te encontrarías “con las manos vacías”.

Dios es el único que sacia nuestra sed de felicidad. Dios debe ser el primer objetivo de toda vida humana.
Puedes aspirar a los bienes secundarios, sin olvidar que son secundarios, sin olvidar que la correcta jerarquización de valores, exige que coloques a Dios en primer término. Si esto haces, tu vida será plena; te abrirás día tras día a más amplias perspectivas. Dios te irá mostrando el camino que a El te lleva. Sortearás el peligroso escollo del egoísmo en el que tantos hombres agostan sus vidas para siempre; harás de tu vida una obra magnifica; y por encima de todo esto, lograrás satisfacer ese íntimo deseo de felicidad, porque sólo en Dios la encontrarás a raudales.

Libro La Felicidad en tu vida
Colección Divino Sembrador

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